miércoles, 23 de mayo de 2012

La libertad

Todo permanecía en silencio. Tras una cacofonía que no creía acabar jamás, llega el silencio. Junto con un frío aterrador. Aun así, quieta y tranquila, seguía sonriendo. Había huido de casa, llegado a mi con la esperanza de encontrar un nuevo rayo de esperanza. Poder escapar al terror que vivía. Ahora ya no está, sin duda ha cumplido su deseo. Tal vez ella no tuviera el valor para realizarlo por si misma.

Cierro los ojos esperando a que llegue de nuevo la quietud. Mis dedos entumecidos, y llegaba hasta nosotros la brisa fría del amanecer. Ella ya no podía sentirlo. Pero yo podía percibir muchas cosas. Algunas personas que estaban alrededor, escondidas en sus madrigueras todavía temblaban ante una amenaza desconocida.

Y sí, también esa rabia. Alguien llegaba con el corazón en un puño, dispuesto a averiguar, a despedazar cada rastro de humanidad en su frágil cuerpo. Quería ver su cara de horror, impotencia y rabia. Casi al mismo tiempo. Sentí ganas de reír ante esa imagen, pero no me dejarían escapar.

Parecen sentirse bien al ejecutar a los que consideran culpables. Se rebajan al mismo nivel. Y no comprenderían mi propósito, mi causa. No soy un asesino, soy un liberador. El guía, el que allana el camino hacia un final inevitable.

Demasiado joven para morir, dirían. Pero ya no le quedaba nada por vivir, tan solo tormento. Y nadie habría sido capaz de igualarme en misericordia para con ella.

Susurro al vacío

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