jueves, 8 de abril de 2010

Sentido a la vida

Como hojas de papel, mis manos pueden ser igual de hirientes si sostienen una pluma. Es más fuerte que la espada, de eso no cabe duda. Aunque llegado el momento, me arrepentí de volcar toda mi vida sobre el papel y la tinta. Encerrada en el hogar y cansada del repetitivo llamar de mis conocidos, desconecté el teléfono y olvidé la existencia de la puerta. Tan solo necesitaba lo básico para escribir; el resto era secundario.
Un sentimiento narcisista predominó en todo mi ser. Tan solo podía salir en busca de víveres y nuevos materiales para el sentido de mi vida. Pero llegó la desesperación. Mis conocidos y mi pareja rondaban la zona. Se apostaron cerca de mi casa, esperando mis salidas. Mi mejor amigo me descubrió, y me abordó de un modo incluso violento.
Me desembaracé de él sin dirigirle una palabra. Entonces le había perdido para siempre, y nada me importó en aquel momento.

No llegué a percibir el cambio. Supongo que ocurrió mientras dormía, al desfallecer sobre mi escritorio y las hojas de papel. Vi entonces mi sueño cumplido, pero de una forma totalmente opuesta. La suave textura del papel se apoderó de mis manos, extendiéndose hacia todo mi cuerpo. Ya no era humana.

Mi cuerpo era frágil, mínimo en comparación a mi antigua forma. No quise sucumbir al horror al ver mi existencia vacía, como una hoja en blanco. Tomé la pluma y empecé de nuevo a escribir mi vida. Una vez más, perdí consciencia del tiempo. Pudieron pasar semanas tal vez, hasta que no pude resistir más el impulso de salir. Aquel día llovía con intensidad.

Unos pasos bastaron para ver caer el agua sobre mí, pero no sentirla en absoluto.
Unos minutos bastaron para reducirme a la nada. Mi existencia entera había sido reducida a trozos de papel. Vacía, como un papel en blanco, una pluma sin tinta, y sin sangre para escribir.

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