jueves, 29 de abril de 2010

A ti me encomiendo

¿Quién no soñó alguna vez que navegaba, libre el cielo de cualquier obstáculo para contemplar su infinita belleza? En el mar no existen horizontes, se derriban a cada nuevo embarque. Por eso viajo hacia el infinito, constantemente, bajo las órdenes de nuestro capitán.

En algún puerto recibo las cartas que me envían mis queridos amigos y familia. Son un aliento para continuar adelante. Sea cual sea mi destino y final, podré reunirme con ellos. Algunos siguen insistiendo en que regrese, que todavía puedo olvidar mis sueños, volver a tierra y sentar la cabeza con alguna mujer. No pueden entender que me ahogo en la tierra, un suelo demasiado firme bajo mis pies.

Pero ahora, mi gran sueño de libertad y vida en el mar se ha difuminado un poco. En esta ocasión es la batalla lo que me aleja de casa. Importantes banderas se hanzan de entre la arboladura, orgullosas. Hasta que no caigan en manos enemigas no cesará el combate.
El capitán posa sus ojos sobre el mapa, aunque no es del todo necesario. Todos podríamos predecir cual será el punto de encuentro. Una guerra encubierta en la que nosotros conocemos nuestros objetivos, pero desconocemos quién nos aniquilara con sus cañones. Un fuego cruzado en completo caos y muy pocas esperanzas de sobrevivir.

Nuestros hombres se han encomendado en cuerpo y alma a sus dioses, porque no sea muy lejano el encuentro con sus familias. Ojalá que no vacilé al disparar, que no tiemble mi pie en emprender el camino a casa.

Ya vemos la costa, el pequeño y desafortunado pueblo que será víctima de nuestro egoísmo. Pronto teñiremos estas aguas con nuestra sangre, y sembraremos el llanto y la muerte a este pequeño rincón de paz.

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