sábado, 1 de mayo de 2010

Briggs

Escucho a los hombres maldecir cada cinco minutos, y para nada les culpo. Sienten el frío hasta en los huesos mientras esperamos en este rincón perdido en el mundo. Donde la nieve es como el sol y la luna en el cielo, porque parece que nunca cesa. Desde que nuestra expedición quedó en un punto muerto (debido a la muerte por congelación de nuestro capitan y algunos otros soldados), estabamos encallados en aquel lugar. Caminar era el único modo de continuar vivo. Hasta que encontramos la fortaleza.

Aquello bien se nos pareció un castillo de civilizaciones perdidas. Aquel asombro actuó como una maza que golpeara nuestras piernas, como si hubieramos recorrido doblemente el camino que nos llevó hasta allí. Acampamos, con gran imprudencia, refugiándonos en un pequeño paraje donde cobijaban los árboles. Rezaba a todos los dioses conocidos por volver a ver de nuevo la claridad del día.

Me despertaron gritos atenuados. Levanté la cabeza y encontré a mis compañeros siendo capturados por desconocía quién, pero su actitud no era para nada amistosa. Me alcé en un intentó de rescatarlos, aunque sabía que era inútil. Un fuerte golpe en el mentón acabo por convencerme del todo. Caí sobre la fría nieve, aturdido. Recuperando la buena visión, ante mí se encañonaba una pistola. Y su portador era más un gigante que un hombre, con una sonrisa mordaz que me paralizaba más que el arma.

- Estás realmente lejos de casa... soldado...

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