miércoles, 26 de agosto de 2009

Enloquecidos

La multitud enardecida aullaba expectante, mientras esperaba que brotara la sangre por fin. Todos, en un impredecible frenesí, aún no habían decidido su víctima entre todos sus reos.

No podía ver el pavor en los rostros de mis compañeros, la oscuridad de nuestra cárcel de piedra era demasiado intensa. Sentía, antes que nada, el retumbar de sus voces y gritos en mi cabeza. Casi no podía pensar.

Sentí también su mirada caer sobre mí, y su cercana respiración. Quería percibirla tan solo a un paso de mi, asustada, impotente, viendo como la muerte quería cubrirnos con sus negras alas.

Me debatí contra mis cadenas, tan solo para besar sus labios, un simple roce, arrepentido de no hacerlo antes. No pude llegar, pues llegaron como tempestad, arrastrandonos sin cuidado alguno hacia donde el astro lunar podía contemplarnos.

El gran teatro, su gran comedia.

El espectral sacerdote se acerco a nosotros, con movimientos espasmódicos, mirando a ningún sitio con sus ojos muertos y ciegos.

No quise creer que la tomara a ella en primer lugar, mas no pude moverme: algo en su mirada me inmovilizó para siempre.

Tan solo contemplé en silencio y quieto como la apoyaban sobre la dura piedra y alzaban la afilada hoja para acariciar su cuello. En su obsceno ritual, alcanzaron el cenit, cuando creí ver rodar su cabeza.

El corazón en un puño, en espera.

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