domingo, 16 de agosto de 2009

Página 426

El suelo estaba húmedo y resbaloso bajo mis pies. Las botas del abuelo ya se veían gastadas, y a punto de ceder. Me sorprendió el poder verlas, en la profunda oscuridad del bosque. Una fría brisa inconstante traspasaba todo mi abrigo y me calaba hasta los huesos, entumeciendo mi cuerpo y haciendo más difícil el caminar.

Alcé la cabeza y una luz tililante veía acercarse desde la izquierda, parpadeante. Fijé la mirada y pude ver que aquella fuente de luz avanzaba entre los árboles, con una grandeza inmensa. El suelo empezó a temblar, a intervalos de segundos, una espera que se hacía intensa y agotadora.

Mire al cielo, y lo ví: aquel ser, sin forma definida ni nombre, aquello que jamás nadie más vio, y que no volverian a hacerlo, pues la cordura huiría de todo aquel que lo viese.

Casi incorpóreo en apariencia, una fosforescencia recorría todo su cuerpo. En la gran oscuridad reconocía sus ¿brazos?, haciendo el ademan al caminar. Sus extremidades, desmesuradamente alargadas, podía decirse humanoide, y también compararlo con uno de esos edificios que habitan en la gran ciudad. Su "cabeza" estaba unido completamente a lo que era el torso, y sus ojos... los ojos que parecían puertas al abismo, no miraban a ningún sitio, pero parecían verlo todo. También a mi.

Su gigantesca forma avanzó ante mí, haciendo temblar el suelo bajo mis pies, y espantando a todo ser que se hallara cerca.

Dejé de sentir mi cuerpo en cuanto su luz llegó a mi. Escalofrío tras escalofrío, mi cuerpo habia llegado a la insensibilidad. Tan solo podía ver, u horrorizarme con un tortuoso silencio, como si fuera un sueño. Una visión nebulosa.

WENDIGO

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